Escribir sobre Venezuela en este año 2026 no es un ejercicio académico ni una recopilación fría de fechas, decretos oficiales y discursos televisados; es abrir una herida que lleva treinta y tres años supurando en la carne viva de millones de seres humanos. Es mirar de frente a una tragedia que no solo demolió puentes, autopistas, refinerías petroleras y hospitales públicos, sino que intentó extirpar la médula misma de lo que significaba ser venezolano: la alegría espontánea, la confianza fraternal en el vecino, la decencia del trabajo honesto y la certeza serena de que el esfuerzo diario garantizaba un porvenir más digno para nuestros hijos.
Yo nací en 1993 en Barinas, la tierra caliente y generosa de los llanos occidentales, el mismo territorio que pocos años después se convertiría, por una de esas jugarretas crueles y retorcidas del destino, en el feudo simbólico y dinástico de la mayor calamidad que ha conocido nuestro suelo en toda su historia republicana. Crecí con el rumor del ganado en los corrales al romper el alba, el olor a mastranto silvestre tras las lluvias de mayo y la algarabía de una infancia provinciana donde las puertas de las casas se dejaban abiertas de par en par porque el miedo aún no había sido decretado como política de Estado ni como mecanismo de control social.
Pero mientras yo aprendía las primeras letras y recorría en bicicleta las calles polvorientas de mi pueblo, el país que mis abuelos y mis padres habían levantado con décadas de sudor civil comenzaba a resquebrajarse en silencio por debajo de sus cimientos democráticos. En diciembre de 1998, cuando apenas contaba con cinco años de edad, una sociedad fatigada y encandilada por la retórica del resentimiento social y el mesianismo militar le entregó voluntariamente las llaves del poder a un oficial golpista que prometió freír en aceite a sus adversarios y refundar la patria sobre la ceniza de los partidos tradicionales. Lo que vino después no fue una revolución para redimir a los humildes; fue una metástasis metódica y despiadada que devoró el Estado de derecho, dinamitó el aparato productivo, transformó la moneda nacional en confeti inservible y convirtió a la nación con las mayores reservas energéticas del planeta en un campamento de sobrevivientes asediados por el hambre.
A la generación a la que pertenezco no le tocó heredar la bonanza de los años dorados ni las becas de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho. Nos tocó heredar el asfalto hirviente de las autopistas, las nubes asfixiantes de gas lacrimógeno que quemaban la tráquea, los impactos de perdigones a quemarropa y las listas negras de exclusión civil que te negaban un empleo público o un pasaporte por el simple delito de haber firmado a favor de un referéndum constitucional. Nos tocó aprender el significado de siglas siniestras como SEBIN y DGCIM no en las páginas de una novela de espionaje, sino a través del frío metálico de una pistola en la nuca, las costillas fisuradas por las patadas de guardias nacionales y la penumbra helada de un calabozo subterráneo.
Este libro es la crónica viva y visceral de esos treinta y tres años. Es el recuento sin filtros de una infancia truncada, de las batallas estudiantiles de 2007 donde los jóvenes descubrimos que la libertad se defendía con las manos desnudas, del colapso humano tras la muerte de Hugo Chávez y el ascenso de Nicolás Maduro, de las rebeliones cívicas de 2014 y 2017 que dejaron un reguero de sangre juvenil en el pavimento de nuestras ciudades, y del desgarro íntimo de aquel 14 de junio de 2017 en que me vi forzado a cruzar los pasillos de Maiquetía con la garganta anudada y dos maletas livianas, sabiendo que me sumaba a una diáspora de más de ocho millones de almas errantes por el mundo.
No escribo estas páginas para suplicar compasión ni para regodearme en la lástima. Escribo porque el olvido es el arma más letal que poseen las tiranías. Cuando un pueblo olvida lo que fue, pierde la brújula de lo que merece volver a ser. Mientras preservemos la memoria de cada agravio, de cada mártir y de cada sueño arrebatado, el régimen habrá ganado batallas temporales de ocupación militar, pero habrá perdido la guerra definitiva. Este libro es el acta de acusación contra la barbarie y, al mismo tiempo, el mapa secreto de nuestra dignidad: la prueba irrevocable de que nos arrancaron los árboles, quemaron los pastos y envenenaron los ríos, pero jamás pudieron destruir la raíz.